Comin' in hot

Voy a empezar a lloriquear, que sé que os encanta...

jueves, 23 de junio de 2011

Superestrella.


Era un genio con la guitarra, todo el mundo lo sabía. Su capacidad para encajar acordes inverosímiles con la vibración de sus cuerdas convertía cada actuación en una experiencia de entraña a entraña. “Cómo toca el cabrón” solían decir cada vez que deleitaba al espectador con sus piezas musicales. Incluso llegó a provocar varios desmayos, además de algún que otro infarto… sí, como lo oyen, infarto. Lo que salía por sus manos a simple oído era música, pero en el fondo ese aura de genialidad no era más que una tapadera. Una tapadera que contenía en su interior una embriagadora  magia negra que impedía al seguidor apartar la mirada de la figura del mito.


Su música creaba una atracción tan arraigada que la delgada línea que separa el amor de la obsesión se cortaba con una motosierra si era necesario… era imposible pronunciar la palabra intimidad, y mucho más difícil era gozar de ella.
Agolpaba a sus fans en la puerta del camerino, en las puertas de los hoteles a los que iba. No servían de nada sus mil identidades, ni los cientos de pseudónimos que empleaba, ni las vallas eléctricas… era un sin vivir, una pasión enfermiza, el retrato de una obsesión.

Pero él sabía vivir con ello, es más, le encantaba vivir con ello. Sabía de su capacidad para transmitir mediante notas la solución a todos los problemas de sus fans. Sabía que cada vez que bajase de un escenario iba a tener a cientos de damas deseando llevar al extremo más obsceno posible a la palabra sexo. Era un amo, un semidios traído a la tierra para alegrarle la vida a esos patéticos seres inferiores. Pero eso no le bastaba.

Y como buena estrella que era, la fama le cegó. Mentira. No fue la fama. Fue el Speed. Fue la Coca. Fue la Weed, el jachís, el crack, y un largo etcétera de siglas que tienen como significado la muerte.

Ya no era aquel genio que cautivó a las masas. Ya no era aquella estrella que no requería de foco pues su propia guitarra ejercía de luz. Se apagó su luz, y con ella su magia. Dejó de hacer buena música. Las notas que enlazaba no eran más que acordes del montón que lo único que lograban era provocar el reproche contínuo de sus vecinos.

Y así se quedó. Poeta moribundo de frases célebres y composiciones firmes, autor de estas líneas cuyo nombre plasman la amargura de los años y el dolor de una década. Fiera de papel ardiendo por decisiones incorrectas. Conflicto inconcluso ansioso de resolución.

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